Prehistoria

>> lunes, 14 de marzo de 2011


Hace unos días se me ocurrió pedirles a mis padres sus fotos antiguas para escanear algunas y hacer una especie de carpeta genealógica. Después de hacerles revolver cajones y buscar en rincones, no encontramos una de las que buscaba. Y con tanto recuerdo gráfico en escala de grises, creo que mi padre empezó a verlo todo sin colores y a preguntarse por qué y para qué guardaba todas esas fotos porque, al fin y al cabo, la relación con los miembros vivos de su familia no es muy cordial, así que decidió destruirlas.

Cogí su caja, cogí la caja de mi madre y junté todas las fotos en una única caja que ahora guardo yo. Pensé que si las guardaban es porque son importantes o lo habían sido, y aunque ya sólo las miren de década en década, forman parte de su historia, y su historia es mi prehistoria.

Hay un proverbio árabe que dice: «Juzga al árbol por sus frutos, no por sus raíces». Cierto, pero también es cierto que yo no sería como soy si no me hubieran educado como lo han hecho, si no hubiera vivido lo que he vivido, así que mis raíces también son importantes.

Lo que me sorprende de todo esto es que nunca he sido muy propensa a guardar fotografías ni a colocarlas en marcos, de hecho no tengo ninguna en mi habitación ni en las zonas de la casa que suelo «decorar», y de pronto, tengo una caja llena. Antes, si la relación con mi familia, pareja o amig@s terminaba mal o no era buena, los recuerdos solían acabar en la basura. Parecía más fácil romper así el vínculo emocional. Pero con el tiempo aprendí a aprender tanto de lo bueno como de lo malo y a no contaminar los buenos momentos vividos por un mal desenlace. Es mi historia. Así que ahora, aunque todavía someto a criba y hago limpieza de vez en cuando, ya no destruyo recuerdos tangibles. Quizás estoy madurando (al fin)...